miércoles, mayo 06, 2015


El final esperado

Alguien, presumiblemente Bob Arum, bautizó al encuentro entre Mayweather y Pacquiao como “el combate del siglo”, y el promotor es un hombre con buena memoria boxística. Valoró, claro, los números que está sumando, y que por si solos lo hacen histórico: el más visto, con mayores ganancias, en donde cada centímetro del calzón del peleador tiene un precio; y recordó otras convocatorias en el cuadrilátero a las que se colocó esa etiqueta.
Al vuelo de la pluma recuerdo dos: Johnson-Jeffries, en 1910; y Alí-Foreman en 1974. Curiosamente, esas batallas fueron reseñadas por grandes escritores: Jack London en un caso y Norman Mailer en el otro. La primera tenía el contexto de un malestar en los Estados Unidos por tener un primer campeón de peso completo de raza negra, por lo que revivieron a Jeffries (la “gran esperanza blanca”), ya en el retiro, para sacrificarlo entre las cuerdas. En Reno, la gente gritaba aterrorizada: “¡Que no lo noquee el negro, que no lo noquee el negro!” Fue un “combate del siglo” por lo que lo rodeó, no deportivamente. El otro, el de Alí-Foreman, sí es redondo en cuanto a las expectativas generadas y el resultado en el ring, porque era el regreso del “más grande” luego del castigo recibido al negarse a ir a Vietnam; y por el récord impresionante de Foreman, que saltó como favorito. La pelea se definió a favor de Alí en el octavo asalto.
¿Cuánto ganó Johnson por vencer a Jeffries? Cien mil dólares. ¿Cuánto ganaron Alí y Foreman? Cinco millones de dólares cada uno. ¿Cuánto se embolsarán Pacquiao y Mayweather? Entre cien y ciento cincuenta millones de dólares.
Pese al crecimiento desmesurado en los números, la actualidad boxística es un triste remedo del pasado. El ruido televisivo convierte en espectáculos mayores cosas que no valen la pena. Por mantener esa industria en movimiento, con facilidad se fabrican carreras. Es un boxeo que crea castillos en el aire. La televisión abierta mexicana por casi una década se olvidó del boxeo (en el dominio del pago por evento), y cuando creyó que podía darle buenas ganancias, volvió a él para sostenerlo a como dé lugar, con lo que haya a la mano. Es agobiante ponerse frente a la pantalla e intentar ver una pelea; el que lo intenta libra su propio combate contra el bombardeo de anuncios y lo gris del espectáculo. Los tres minutos de cada round se alargan en tres minutos de anuncios. Y luego resulta, además, que la gloria nacional, llevada a los altares por los medios, o enfrenta a un espantapájaros o pierde sin dignidad… para pedir al final una revancha. Son globos que se inflan y desinflan fácilmente.
Más que un gran peleador, Mayweather es un buen administrador. Es un empresario exitoso de sí mismo que aplica ese talento en el cuadrilátero; casi se diría que gana por cansancio del contrincante, pues lo obliga a perseguirlo y soltar golpes hasta crear las condiciones favorables para el contraataque. Acaso aplica aquello de “más que buscar el acierto, evitar el error”, que dio buenos resultados a Bioy Casares al escribir La invención de Morel. La fórmula puede resultar interesante en la literatura pero aburrida en el ring. ¿Así será el encuentro con Pacquiao? Previsiblemente. No un boxeo frontal, de dos fuerzas que buscan la victoria, sino alguien que va hacia adelante, con sed de triunfo; y otro que observa, mantiene su distancia, se cubre con el hombro y ataca cuando siente la fatiga del oponente.
El problema, me parece, es la industrialización del espectáculo: el cine deja de ser arte cuando busca ganancias millonarias, la literatura se aligera para ser best seller y el boxeo, que debería concentrar emociones, administra sus flaquezas (con acento en el reality, la preparación de los combatientes, todo ese ruido exterior)… Las cintas de temporada, los llamados blockbusters, en el futuro serán considerados como ridículos; el libro de primavera ni siquiera llegará al verano, porque su apuesta literaria es pobre; y los “combates del siglo” lo serán por las sumas millonarias que impliquen y la promoción espectacular, mas no por lo que vaya a ocurrir en el ring. Salvo que suceda algo excepcional, al final acaso diremos: “No era para tanto”.

Mayo 2015

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lunes, abril 13, 2015


Fernando del Paso, el imperio de las letras

El discurso de Fernando del Paso en Mérida, al recibir el Premio José Emilio Pacheco el 7 de marzo, fue una suerte de prólogo en el camino hacia su cumpleaños número ochenta. La estación central será ese día, el 1 de abril, que recuerda su nacimiento en la Ciudad de México en 1935. Y luego vendrá el homenaje en Bellas Artes, el domingo 19, a donde el Fondo de Cultura Económica llevará José Trigo, su más reciente rescate, en un proceso que se realizó a la inversa de como se publicaron originalmente los libros, y que fue de Noticias del Imperio (editado por ese sello en 2012) y Palinuro de México (2013) a la primera novela del autor.
El cuerpo central, a la mano ahora en dignas ediciones, son esas tres grandes novelas (más un divertimento policiaco, Linda 67), aunque lo que les rodea y complementa también es amplio, entre poesía, teatro y ensayo, dibujo y pintura. No obstante, la apuesta mayor de Fernando del Paso, definió alguna vez el propio Pacheco, ha sido, a lo Joyce y Flaubert, “concentrar el esfuerzo de toda una vida en unos cuantos libros fundamentales”.

Del ferrocarril al tabique

Inicia Del Paso su carrera literaria en 1958 con el volumen Sonetos de lo diario, editado por Juan José Arreola en la colección Cuadernos del Unicornio. Al año siguiente, en la revista La palabra y el hombre (núm. 12, octubre-diciembre de 1959), publica un relato, “El estudiante y la reina”, y envía a Colombia, para El Espectador o El Tiempo de Bogotá, otro cuento, que es un texto perdido (o por recuperar), “La cama de piedra”. Una tercera narración corta, sobre los campos ferrocarrileros de Nonoalco-Tlatelolco, se transforma en novela, y aparecerá en 1966 en la naciente editorial Siglo XXI como primer título de una colección, La Creación Literaria.
Sobre la génesis de José Trigo ha dicho el autor: “Todo comenzó como un cuento, y más que nada fue una imagen la que a mí me despertó la idea de escribir algo situado en Tlatelolco. Yo vi a ese hombre largo, alto, delgado, desgarbado, con una cajita blanca al hombro, el ataúd de un niño, y atrás a una mujer embarazada y cortando girasoles, caminando ellos por unas vías abandonadas. Eso me pareció de una belleza tan deslumbrante que me bajé del autobús y los seguí. Luego frecuenté esos lugares, comencé a explorar los campamentos de ferrocarrileros. Me deslumbró primero su belleza física, porque no eran demasiado miserables, había mucha poesía plástica. Y ahí comenzó todo, y se fue complicando y complicando; se complicó más con el experimento lingüístico, que no me lo propuse, luego no lo pude evitar y al fin lo seguí hasta un extremo dentro de mis posibilidades. Además se complicó, y a la vez se simplificó desde un punto de vista estructural, con la mitología náhuatl que me sirvió de andamiaje del libro, así como al Ulises de Joyce le sirvió de andamiaje la Odisea de Homero”.
De José Trigo a Palinuro de México transcurren casi diez años. Con ella gana Del Paso el Premio de Novela México en 1975, pero la primera edición no será mexicana sino española, de Alfaguara, en 1977, y se publicará en Joaquín Mortiz hasta 1980, en un hermoso tabique de casi 650 páginas que mostraba, en la portada, un dibujo surrealista realizado por el escritor. En ella se integran varias experiencias personales: la enfermedad, primero, un cáncer del que se sobrepone; su paso por las agencias de publicidad; el cambio de residencia de la Ciudad de México a Londres; la lectura de autores como Cyril Connolly y Laurence Sterne, con el aporte de este último del humor; y el movimiento estudiantil de 1968, en el contraste de la fiesta juvenil (como retrato de la atmósfera contracultural de los años sesenta) y la tragedia vivida por la represión gubernamental.

Castillos en el aire

El tercer gran momento fue Noticias del Imperio, de 1986, inmediato best seller, que amplió su espectro de lectores, acaso ceñido hasta entonces a los asiduos a la literatura más experimental (lo que en el medio se conoce como un “escritor para escritores”) y generó incluso una cadena de premios y traducciones. Sobre ella escribió, precisamente, José Emilio Pacheco, un significativo Inventario, en el que apuntaba: “Noticias del Imperio no esta hecha nada más para ser leída: está hecha para ser habitada semanas y aun meses enteros. Si sus ejes geográficos son dos de las grandes ciudades del barroco arquitectónico, Viena y México; si el modelo de su prosa son las grutas de Cacahuamilpa, donde Carlota encontró el perfil infernal de Dante; el dibujo que esta novela recorta contra la tempestad de la historia es la silueta de un castillo”.
La base de la obra está ahí, mas el resto, como ya se dijo, no es poco. Entre otros títulos está su poesía, recopilada en 1997 por la Editorial Vuelta como Sonetos del amor y de lo diario; el teatro en verso: La muerte se va a Granada (1998); o el ensayo literario, con Viaje alrededor del Quijote (2004); o su work in progress: Bajo la sombra de la historia: ensayos sobre el Islam y el judaísmo (2011), del que se ha publicado un primer volumen.
Así llega Fernando del Paso a sus ochenta años de vida. En su discurso en Mérida, como carteándose con José Emilio Pacheco, dijo: “Lo que te puedo y quiero decir ahora es que estoy viejo y enfermo, pero no he perdido la lucidez: sé quién soy, quién fuiste y sé lo que estoy haciendo y lo que estoy diciendo. Lo único que no sé es en qué país estoy viviendo. Pero conozco el olor de la corrupción. Dime, José Emilio: ¿A qué horas, cuándo, permitimos que México se corrompiera hasta los huesos? ¿A qué hora nuestro país se deshizo en nuestras manos para ser víctima del crimen organizado, el narcotráfico y la violencia?”

Abril 2015

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Algo sobre Fernando del Paso

La de Fernando del Paso representa una vía no muy transitada de la literatura mexicana. Están, por un lado, autores de grandes obras breves, como Juan Rulfo y Josefina Vicens, que en sólo dos títulos logran concentrar todo un universo; y están, del otro lado, aquellos que alzan la mano anualmente, con regularidad burocrática, para ganarse un sitio, a veces más por persistencia que por calidad, en el mapa huidizo de la permanencia literaria… Y está Fernando del Paso, que dedicó diez años, en promedio, a la escritura de tres sorprendentes mamotretos de larga duración, que son el eje de su obra.
José Trigo intenta, primero, el camino joyceano, en cuanto escritura; por tema, está ahí ya el interés del autor por la historia mexicana, en ese caso la Cristiada y el movimiento ferrocarrilero de 1958-59; en Palinuro de México se crea un corpus surrealista, con una palabra que fluye como el mar, en un andar sin sosiego, y de nuevo el asunto social, el movimiento estudiantil de 1968, ata ese vaivén. Y está, finalmente, Noticias del Imperio, construcción novelística que es un gran castillo, hermano de los castillos de Miramar, Chapultepec y Bouchout en que vivió María Carlota Amelia Victoria Clementina, relación detallada de lo que fue el Segundo Imperio mexicano.
Proust armó, con En busca del tiempo perdido, una gran catedral narrativa; en Del Paso hay tres paisajes: el de la pirámide, en José Trigo, el viejo edificio colonial frente a la Plaza de Santo Domingo, en Palinuro de México, y el castillo en Noticias del Imperio.
He trabajado críticamente la obra de Fernando del Paso un par de veces. Primero, para el armado de El imperio de las voces: Fernando del Paso ante la crítica, en 1997, antología de lo que se ha dicho, bien y mal, sobre su trabajo; y luego en Cuentos dispersos, en 1999, en donde rescato su primer relato, "El estudiante y la reina”, y selecciono pasajes cuentísticos de sus novelas. Lo leí por vez primera a los veinte años y lo seguiré leyendo, en esos tres grandes momentos memorables de la narrativa mexicana, en el futuro.

Abril 2015

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martes, marzo 24, 2015


Un viaje a los umbrales de la imaginación

Cinco años atrás, Yolanda de la Torre recibió la invitación de coordinar un taller literario para personas con alguna alteración neuropsiquiátrica en el Instituto Nacional de Neurología y Neurocirugía Manuel Velasco Suárez. Los lunes, de 10 a 12, cumplía un ritual que era para ella el conocimiento de un territorio nuevo, y por el que, como escritora, acaso podría tener acceso a un universo de historias. En el proceso se dio cuenta de que esa memoria no le pertenecía, pues cada quien tiene el derecho de armar su propio rompecabezas; y también, como una rara jugada del destino, empezó a sufrir una serie de alteraciones, aun sin diagnóstico preciso, que la llevaron a convertirse, ahora, en paciente del mismo Instituto.
El adentro y el afuera terminaron por confundirse. Entre una cosa y la otra armó la antología Umbrales, publicada por la propia entidad médica, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (a través del Centro de Cultura Digital) y Ediciones Acapulco, que con textos de los asistentes, fotografías de sus manos en el acto de la escritura, transcripciones y facsímiles de los ejercicios literarios, da cuenta de esa experiencia que recuerda lo dicho, hace varias décadas, por André Breton: “No será el miedo a la locura lo que nos obligue a bajar la bandera de la imaginación”.

Vivir en el sueño

En el libro no hay nombres (por respeto a la privacidad de los enfermos), sólo palabras: “Tengo la esperanza de dormir en paz cada noche”; “Cavilar y volver a soñar, soñar despierta y vivir en el sueño, jamás despertar”; o “Quiero escribir historias que conmuevan a quienes las lean, poemas que la gente use para decir sus propias emociones”.
—¿Cuál fue la propuesta inicial del taller?
—En principio era ofrecer a los pacientes una actividad recreativa nueva, complementaria de las que se dan normalmente, como manualidades o pintura, y se trataba de vaciar emociones, contar sus vidas. Yo me preguntaba cómo podía hacerlos escribir y compartir lo escrito, en algo que parece simple pero que no lo es porque las personas estamos condicionadas a nuestra historia; en términos de la psicología alternativa, la narrativa equivale a la identidad. Se les daban hojas blancas y lápices que se les retiraban al terminar la sesión. La población no es estrictamente psiquiátrica sino neuropsiquiátrica; es decir, sí están los esquizofrénicos y mucha gente catalogada en distintos padecimientos mentales, que en este caso devienen de infartos cerebrales o cualquier otro accidente vascular o de otro tipo. Las enfermeras eran quienes encaminaban a quienes consideraban podían estar en el taller, aquellos que se veían más lúcidos.
Recuerda Yolanda de la Torre que en la primera sesión había una mujer que había sufrido en su casa un asalto salvaje, y que por el daño neurológico causado por los golpes no podía hacer las mínimas actividades motoras y había incluso perdido la memoria. “Para cuando yo la vi, ya había recuperado la memoria. Desafortunadamente era así porque recordaba la paliza y quién se le había dado. Y se había vuelto consciente de que no iba a volver a ser la que había sido antes. Mientras yo trataba de llevar a los otros miembros del taller a textos más o menos esperanzadores, ella se negaba a participar porque decía que nos pondría a todos tristes. Y lloraba. Ahí descubrí que el llanto es como el bostezo: llora uno y lloran todos.”
Con el tiempo, esta mujer logró escribir su nombre, en un esfuerzo motriz importante. También empezó a participar en los comentarios. Luego ya verbalizaba lo ocurrido; lloró, sí, y fue consolada por el grupo, se dejó acariciar. Un día sonrió. A la semana siguiente, ya no estaba en el hospital.

Encerrados, pero no solos

—¿Con qué ánimo enfrentabas las sesiones?
—Ha sido complicado porque en los últimos años yo misma he estado lidiando con mis emociones. La gente me decía: “Si estás pasando por una depresión, ¿no es muy depresivo dar clase a gente que está muy mal?” La verdad es que no, y empecé a tener la maravillosa sensación de ser útil. Me di cuenta de que lo que estaba haciendo tenía un impacto efectivo, positivo, en los pacientes. El acto imaginativo tenía un efecto anímico inmediato. Salían abrazándose, y con la sensación de estar encerrados, sí, pero no solos. Siempre hablé ahí del “nosotros”, jamás me excluí del grupo. Mi gran privilegio fue ser una enferma que trabajó con otros enfermos iguales a ella.
—¿Cuál fue el momento más difícil?
—Había mucho problema con las drogas, sobre todo en los jóvenes, y mucho delirio religioso. El lugar estaba lleno de profetas y pitonisas. Para no causar conflictos, yo les prohibí hablar de futbol, política y religión. Había un hombre que conversaba con coches. La única vez que me sentí en riesgo disertaba yo sobre la libertad, el libre albedrío; y a una mujer que estaba al lado mío se le cambió la mirada y la voz, y dijo: “¿Estás insinuando que la gente puede hacer lo que quiere? Eso no es cierto, ¡yo soy Dios!” Y se levantó molesta; era un Dios colérico. Llegaron entonces los enfermeros y se llevaron a Dios.
El proyecto va más allá del libro publicado; en el portal umbrales.mx también pueden consultarse los textos de los asistentes al taller literario.

Marzo 2015

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domingo, enero 04, 2015


Francisco Tario, genio marginal
Silvia Isabel Gámez

Lo que mata al fantasma es el olvido, decía Francisco Tario. Algo que no debe preocuparle allá donde habita, pues su ser literario goza de cabal salud.
A la publicación de Universo Francisco Tario, una biografía creada con materiales procedentes del archivo del escritor, seguirá en 2015 la edición por el FCE de sus Obras completas, ambos proyectos a cargo de Alejandro Toledo.
“Para leer a Tario, para convivir con su figura, hay que creer un poco en los fantasmas”, asegura el escritor y periodista, que ha llegado a sentir su espíritu rondar por su departamento.
Universo Francisco Tario (La Cabra Ediciones/Conaculta) reúne apuntes biográcos, análisis literario, fotografías y cartas. La correspondencia incluye tanto las cartas de amor que enviaba a su novia, Carmen Farell –con quien se casó en 1935 y tuvo dos hijos: Sergio y Julio–, como las que recibía de su hermano, el pintor Antonio Peláez.
Nacido en 1911 en la Ciudad de México, uno de los orígenes de su rareza, dice Toledo, es la tierra natal de su familia: Llanes, en Asturias. En ese lugar lluvioso, azotado por el Cantábrico y poblado por personajes de leyenda, se gestó su fascinación por el mundo de ultratumba.
“Nunca me contó por qué lo atraía. Pero a lo mejor algo le pasó”, señala su hijo menor, el artista Julio Farell. “Yo mismo, cuando vivía en Londres en 1970, bailé con un fantasma”.
Una mujer hermosa que nunca respondió a sus preguntas y que desapareció de la pista tan repentinamente como la encontró. Después supo que era aeromoza, y había muerto cuatro años antes.
Francisco Peláez adoptó la palabra purépecha Tario, que signica “lugar de ídolos”, para firmar sus obras. Con La noche (1943) se convierte en precursor del género fantástico en México. En estos cuentos dota de alma a objetos y animales, lo mismo a un ataúd que a una gallina.
De un humor corrosivo, La noche determinó su condición de marginal en una época marcada por el realismo literario.
“Se adelantó a muchos escritores”, dice Julio.
Su obra antecede, agrega Toledo, a la de Julio Cortázar y Juan José Arreola, y falta aún determinar su posible infuencia en los relatos fantásticos de Elena Garro y Octavio Paz –sus vecinos y amigos cuando vivía en la Condesa– y de Carlos Fuentes, quien, según Julio, llevaba sus primeros cuentos a Tario para que los revisara.
El padre del escritor, don José, heredó en vida a sus hijos tras vender la tienda de ultramarinos Casa Peláez, y Tario invirtió en Acapulco, donde era copropietario de los cines Rojo y Río.
Esa holgura económica le permitió crear una obra, al margen de las capillas literarias y el reconocimiento ocial, que abarca novela, aforismos y prosa poética en títulos como Aquí abajo, Equinoccio y Breve diario de un amor perdido, junto con otros dos libros de género fantástico: Tapioca Inn: mansión para fantasmas (1952) y Una violeta de más (1968).
Tario tecleaba en su Remington tanto sus originales como su correspondencia y fragmentos del acontecer diario. El escritor conoció a Carmen en 1930, cuando era portero del Club Asturias. Al “Elegante” Peláez, como lo llamaban, una lesión en los riñones lo alejó de las canchas. Pianista disciplinado, tenía talento para el dibujo y la fotografía, el tango y la actuación.
“En sus cartas (de juventud) aparece como un muchacho hipersensible, enfermizo, en conflicto con el padre”, precisa Toledo.
Ése es el primer Tario, enamorado de Carmen, a quien reclama al tiempo que idolatra. Para el periodista resulta un misterio cómo se transformó en el hombre fuerte, de cabeza rapada y anteojos oscuros, creador de personajes que oscilan entre la locura, el candor, el espanto, la fatalidad y lo puramente ridículo.
En la última etapa de su vida, tras la muerte de su esposa en 1967 por un derrame cerebral, Tario se convierte en una figura trágica. Escribe, en su casa de Madrid, de una manera privada, obsesiva.
“Estaba triste y se sentía enfermo, en cierta forma se abandonó. Ya no le interesaba publicar”, recuerda Julio. “Murió del corazón, pero yo siempre digo que en un doble sentido: el médico y el amoroso”.
Su corazón se rindió el 30 de diciembre de 1977. En su archivo, que su hijo conserva, hallaron las tres versiones que hizo de la novela Jardín secreto, obras de teatro, poemas a Carmen.
A diferencia de los años 80, cuando comenzó a estudiarlo, Tario es hoy un autor que suma ediciones, cada vez menos secreto, subraya Toledo.
“La consagración implica un reconocimiento oficial que Tario nunca buscó. Con el acercamiento de los lectores es suficiente; cuando lo descubren, se enamoran de su literatura y le son muy fieles”.

Diciembre 2014

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lunes, diciembre 15, 2014


Vicente Leñero: la generosidad del maestro

Según las dedicatorias de sus libros, que reviso ahora en mi biblioteca, en 1983, a mis veinte años, ya conocía yo a Vicente Leñero (1933-2014); entonces me firmó Los periodistas (1978). Y en 2013, tres décadas más tarde, fue la última vez que me encontré con él, en la víspera de sus cumpleaños número ochenta, y escribió unas líneas en el ejemplar nuevecito de Más gente así.
Con ello pretendo fijar ciertos límites cronológicos, aunque tengo un recuerdo más antiguo, cuando por una distracción de mis padres, que a media obra me querían sacar del Teatro Tepeyac por tanta grosería que se escuchaba en el escenario, asistí a la puesta teatral de Los albañiles. Voy de nuevo a los libros y veo que en 1975 la pieza se presentó en ese foro del norte de la Ciudad de México bajo la dirección de Ignacio Retes; actuaban José Carlos Ruiz (como don Jesús) y Salvador Sánchez (como Jacinto). Tenía yo apenas doce años.
Ha sido, pues, una presencia constante. Lo conocí alrededor de 1981, en un encuentro de escritores que se celebró en la ciudad de Cuautla. Leí en la Casa de la Cultura un cuento ruidoso, primerizo, en el que se mezclaban el humor y la violencia, que Leñero generosamente aprobó. Fue como una bienvenida a la República de las Letras (o Vidita Literaria, como le gusta decir a José de la Colina), una palmada en el hombro para que siguiera escribiendo. Hablé mucho con él en ese viaje.
Uno suele avergonzarse del que fue y yo era arrogante, como lo es uno a los veinte años. Recuerdo haberme peleado en la lectura con Asesinato: el doble crimen de los Flores Muñoz (1985), que según yo no se comprometía con nada, en términos literarios o de justicia, y planeé así una conversación con Leñero en la que se demostraría que en ese caso su propuesta narrativa (que él calificaba como aséptica) había fallado. Me citó en las oficinas de Fresas 13. Revisamos su ejercicio como reportero, salvando yo las crónicas, otorgándole un valor histórico a Los periodistas… Le habré caído en gracia. No creo que se haya enojado. La entrevista se publicó, me parece, en la revista Casa del Tiempo.
Después sucedió algo extraño. Daniel González Dueñas y yo estuvimos persiguiendo por semanas a Juan José Arreola para que nos hablara de su admiración por Giovanni Papini. Llamábamos por teléfono, nos pedía que nos acercáramos a la hora de la comida por su casa y le habláramos desde el teléfono de la esquina para ver si nos podía recibir. Así un día y otro. Sólo una vez logramos entrar, pero nos topamos en la puerta con Vicente Leñero, Armando Ponce, Federico Campbell, Juan Miranda y Eduardo Lizalde, que habían estado largas horas con Arreola para que les hablara de Juan Rulfo. Fue cuando Arreola inventó aquello de que una tarde él le había dado su forma definitiva a Pedro Páramo. En el libro ¿Te acuerdas de Rulfo, Juan José Arreola? (1987), dice Leñero que al salir los reporteros de la casa de Arreola entró al salón Nadia Piemonte acompañada por mí. Así fue: ellos salieron, nosotros entramos. No sé cómo y por qué aparece Nadia Piemonte. El maestro estaba agotado y algo ebrio; quizá nos pidió a González Dueñas y a mí que al día siguiente, a la hora de la comida, le llamáramos, ya cerca de su casa, para ver si podía recibirnos y lograr por fin esa charla que nunca se pudo realizar.
Un año viví en San Miguel de Allende y a mi regreso se me ocurrió ir con Leñero y pedirle trabajo; me ofreció colaborar en la revista, y lo hice con regularidad. Los lunes teníamos la junta de planeación, y los jueves el cierre. Bajo su guía llevé, entre los asuntos que causaron mayor polémica, aquel enfrentamiento entre Antonio Alatorre y Octavio Paz por una Segunda Celestina de Agustín de Salazar y Torres que, se pensaba (pero no, no era posible, concluyó Alatorre), había sido terminada por Sor Juana. El trato con Leñero fue cotidiano. Lo recuerdo, sobre todo, en esas largas sesiones de dominó en los cierres de jueves y viernes, con Carlos Marín y otros, de las que yo era sólo un observador.
Ya laborando en otros medios, siempre buscaba razones para visitarlo, por los cuarenta años de Los albañiles o la publicación en el Fondo de Cultura Económica de A fuerza de palabras... Esa vez, al final de la conversación me entregó dos documentos que aún conservo. Uno es una tarjeta en que se rechaza la publicación del libro; el otro una reseña aparecida en La palabra y el hombre y que él guardaba en copia mecanográfica.
Del primer documento me contó lo siguiente: llevó la novela a la editorial Jus, pues Salvador Abascal le había publicado ahí los relatos de La polvareda. “Con él tenía muy buena relación”, contaba Leñero, “nos llevábamos muy bien. Yo iba mucha a platicar con él, era un tipo maravilloso, ultraconservador pero maravilloso.”
Salvador Abascal dejó sus impresiones de la lectura en una tarjeta manuscrita, en la que apuntaba: “Notable como estudio psicológico pero terriblemente deprimente. Son muchos temas pero narrados en un mismo tono ¡y el de un loco! No se puede dejar de leer pero sin dejar de sentir fatiga y depresión”.
Y fue claro al decirle:
—No se la puedo publicar, ¡es una novela inmoral!
Días después Salvador Abascal llamó por teléfono a Leñero.
—No se la puedo publicar pero si usted la paga la publicamos acá sin pie de imprenta.
Escandalizado, Leñero se negó:
—Don Salvador, ¡eso es una inmoralidad! No puedo aceptar un arreglo así.
Al final, la novela fue editada por la colección Ficción de la Universidad Veracruzana. En diciembre de 1961 llegaron a la Ciudad de México los primeros ejemplares de La voz adolorida (rebautizada en 1976 como A fuerza de palabras). Una de las pocas reseñas que se publicaron sobre el libro fue de Ramón Xirau y apareció en la revista La palabra y el hombre de abril-junio de 1962, texto al que Leñero le tenía gran aprecio. Xirau es un personaje importante en su carrera literaria: en el tiempo en que fue becario del Centro Mexicano de Escritores lo ayudará a encontrar su camino en la escritura de Los albañiles.
Sigo con mi historia: en el 2000 preparé con Alberto Paredes una antología de la narrativa de Vicente Leñero para la Universidad Nacional, que cierra con una larga conversación en la que se mezclan vida y bibliografía. Para nuestra sorpresa por ese libro, La inocencia de este mundo, le fue otorgado el premio Xavier Villaurrutia.
La última visita a su casa de San Pedro de los Pinos fue en junio de 2013, en la víspera de su cumpleaños número 80. Estaba feliz, presumía haber llegado a esa edad sin haberse enfermado de algo serio ni haber visitado nunca el quirófano; y pedía una muerte serena. “Sueño con morir tranquilamente, con no sufrir”, decía, “sin complicaciones, sin largas agonías.” Espero que así haya sido.
Voy a los libros de nuevo, el mejor refugio ante la ausencia repentina de un escritor querido. Tengo su teatro completo, que no debe serlo porque se trata de una edición universitaria de 1982. También dos tomos de Vivir del teatro, editados por Joaquín Mortiz en 1982 y 1990. O la primera edición de La vida que se va (1999), que a Leñero, espíritu autocrítico por naturaleza, le dejó muy contento... Salvaba del naufragio esa novela y Los albañiles.
Decir que fue un buen escritor se queda corto, pues en el paquete “Vicente Leñero” se reúnen muchas virtudes. Se movía con soltura por varios géneros. De hecho, Los albañiles, su obra más conocida, empezó como una colección de cuentos, tal fue su propuesta inicial como becario del Centro Mexicano de Escritores; se transformó en novela, obra de teatro y guión cinematográfico. En esos tres campos (la ficción, el teatro y el cine) deja honda huella. Su naturaleza era narrar, no importa en qué ámbito lo hiciera. Como memorista es extraordinario, tiene un humor un poco a lo Ibargüengoitia, sabe describir la miseria de sus contemporáneos; esa faceta la encuentro en Vivir del teatro, Gente así y Más gente así, que escribió como divertimentos. Los periodistas tiene un lugar especial, pues es un testimonio de primera mano del golpe al periódico Excélsior en tiempos de Luis Echeverría. Su periodismo, que él llamó de emergencia, es imaginativo y un referente para quien se mueva entre la realidad y la ficción; son clásicas sus crónicas “¿Los llevo a conocer Pátzcuaro?” y “Raphael, amor mío”.
Libros y recuerdos se apilan. Entre unos y otros se cuela la ausencia. Uno se queda sin palabras. Quisiera tener la pluma bien afinada, como la llegó a manejar él, para poder describirlo exactamente como era. Sólo esta cifra se me ocurre ahora: fue un maestro generoso.

Diciembre 2014

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sábado, noviembre 22, 2014


Paulina Lavista y el archivo de Salvador Elizondo

La fotógrafa Paulina Lavista tiene en su poder un tesoro literario extraordinario, el archivo de Salvador Elizondo (1932-2006), y se ha dedicado a administrarlo. “Yo soy la heredera de los derechos de autor de Salvador Elizondo y de sus cuadernos, su obra gráfica y todo lo que conforma su archivo”, dice. “Fui su esposa durante 37 años, soy la persona con la que más tiempo vivió, vida que para mí fue una gran aventura. Era un hombre extraordinario, un gentleman, y precisamente por serlo, sopesando las cosas, decidió dejarme el archivo, por ser la persona que mejor conoce su trabajo. Como esposa, como viuda, como custodia de estos papeles que heredé legalmente mediante testamento, necesito encontrar la fórmula para que tengan una permanencia a futuro.”
El legado de Salvador Elizondo consta de quince libros de su autoría (en los últimos años publicados por el Fondo de Cultura Económica, aunque varios de ellos sin contrato vigente), 18 cuadernos de escritura, 83 diarios, cinco noctuarios, tres cuadernos de apuntes gráficos, cerca de 150 dibujos sueltos y fotografías varias, tomadas por él o como parte de sus álbumes familiares. Si las instituciones culturales mexicanas no reaccionan, esos papeles podrían ir a dar, con las mejores condiciones de conservación, a una universidad estadounidense.
“Lo que tengo con Salvador es un tesoro que tiene que quedar depositado a futuro. Ya casi cumplo setenta años y no puedo custodiarlo el resto de mi vida. No se puede dejar a la buena de dios, porque se lo roban. Quisiera dejarlo en un lugar al que pudieran llegar los interesados en su obra y consultarlo.”

Diarios y noctuarios

El futuro del archivo es una preocupación para ella, algo sin definición concreta inmediata. Mientras tanto, surgen a su alrededor planes editoriales. Antes de que termine el año deberá estar en librerías Diarios, con una primera selección de ese universo que son los 83 cuadernos. Y se planea para 2015 una edición especial de Farabeuf, a cincuenta años de su aparición (en agosto de 1965).
Cuenta Paulina Lavista: “No hay en México diarios que se le comparen en volumen, intensidad y perspicacia. Los diarios comienzan cuando va a la escuela de Elsinore, en California, muy pequeño, y terminan tres días antes de su muerte, ocurrida el 29 de marzo de 2006. Estuve con él hasta sus últimos momentos de su vida, curándole sus heridas, porque sufrió una mutilación muy grande en la boca, razón por la cual ya no se pudo presentar en público, pero eso no le impidió seguir escribiendo en sus diarios. Murió oyendo el Réquiem de Fauré, y cuando se lo puse esbozó una sonrisa”.

Vidas paralelas

Algo en lo que ha trabajado Paulina Lavista en los últimos años es en las coincidencias. Mucho de lo que Elizondo registró en sus diarios tiene correspondencia con fotografías suyas, por lo que se establece un diálogo. “Yo era su primera lectora y él mi primer espectador, en cuanto imprimía una fotografía que me interesaba corría a mostrársela.” Y quisiera que los archivos de ambos quedaran juntos. “Muchas vidas compartidas están ahí, muchos intereses mutuos.”
En cuanto a los derechos de autor, dice que no se pueden vender. “Sí se pueden heredar. Puedo vender los documentos, para que estén custodiados. Los derechos de autor siempre serán míos y estoy en mi derecho de heredar a quien yo quiera, a los hijos, por ejemplo. Eso depende de las circunstancias y de la responsabilidad que cada hijo tenga con su padre. La persona a la cual le legue yo lo de Salvador tiene que ser muy inteligente, el mejor de los hijos, para que pueda darle un seguimiento lógico a la obra.”
Comenta al fin que en México las opciones para el archivo son prácticamente nulas. “Por eso pienso que el destino mejor para sus papeles es una universidad de Estados Unidos. Sólo ahí dan la garantía de la preservación… Mi misión es proteger, custodiar y difundir esa obra.”

Una postal de Rulfo

Un asomo a esos cuadernos deja ver la caligrafía peculiar de Salvador Elizondo y su acompañamiento con dibujos. Hay varios trazos, por ejemplo, dedicados a El Llano en llamas, de Juan Rulfo, de quien aparece, en otra página, una postal enviada desde España, en donde se lee lo siguiente: “Es admirable la forma y el respeto que imponen en este país los grandes monumentos del pasado, quizá porque representan una supervivencia gloriosa jamás recuperable y mucho menos concebible. La agonía ha durado siglos. En cambio, Elizondo es un algo vivo que se discute, se aprecia y moviliza a las generaciones de modo muy positivo. Total, el interés por tu obra es inquietante, lo cual me alegra y me enorgullece personalmente. Felicidades de tu buen amigo… Rulfo”.
Elizondo, por cierto, aseguraba haber empezado a escribir luego de leer “Luvina”. Y consideró siempre a Rulfo como un referente, una cima. Su primer cuento, “Sila” (publicado por la Revista de la Universidad en 1962), fue escrito bajo esa influencia.

Noviembre 2014

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viernes, noviembre 14, 2014


Prólogo a Universo Francisco Tario

El lector no siempre busca a sus autores, a veces son éstos los que provocan el encuentro no con estrategias mercantiles (en donde la relación autor-lector se pervierte, cuando el escritor lo que anhela es encumbrarse, ascender en la pirámide social) sino a través de azares inesperados. Así me ha ocurrido reiteradamente con Francisco Tario, cuya obra me fue presentada tres décadas atrás en un taller de creación literaria que se celebraba los viernes al mediodía en un plantel universitario al norte de la Ciudad de México.
Pudo haber ocurrido que el profesor cargara un día con el tomo amarillo de La noche y nos leyera un par de cuentos, acaso “La noche del féretro” y “La noche del traje gris”. O también: que llevara Una violeta de más para contarnos “El mico”… Pudo haber sido, también, que hiciera él todo eso pero que no estuviera yo ahí para presenciarlo, porque aspiraba a ingresar a Ciudad Universitaria y estaba en trámites de realizar el cambio de escuela. Fue el taller literario el que me ató a esa geografía para mí algo inhóspita, en donde la mayor referencia cultural eran los Torres de Satélite; y por quedarme ahí conocí una escritura con la que he dialogado constantemente.
Según la psicología, uno como individuo se forja en los primeros tres años de vida; hay quien dice, incluso, que el primer año es definitivo en la construcción del carácter. Cree Proust que en la infancia se decide todo, tanto el paraíso como el infierno. Como lector yo me formé en ese tránsito entre la preparatoria y la universidad (alrededor de los dieciocho años), y encontré en esa ínsula de diálogo sobre libros que era el taller de creación literaria una suerte de Ítaca habitada por huéspedes tan distinguidos como Francisco Tario o Felisberto Hernández, dos grandes raros (en la clasificación de Rubén Darío) o cronopios (para decirlo con Julio Cortázar).
La atención a Fesliberto era ya más o menos permanente, gracias a Cortázar e Italo Calvino y a una poeta uruguaya, Ida Vitale, que lo había conocido, ella joven y él viejo, en Montevideo. Vivía entonces Ida Vitale en la Ciudad de México, y su marido, el poeta Enrique Fierro, impartía clases en la escuela en que yo estudiaba y de la que tanto renegaba (por no tener la historia o el prestigio de Ciudad Universitaria)… y que poco a poco se fue poblando de espíritus entrañables.
El tallerista, Humberto Rivas, no sólo nos leyó los cuentos de Tario; un día me encaminó a la librería Robredo, localizada entonces en la glorieta ubicada en el cruce de Paseo de la Reforma y Havre (su última morada), en donde aún podían conseguirse las primeras ediciones de La noche y Aquí abajo, los dos títulos de Tario de 1943. Si uno se esmeraba, peinando las librerías del Centro Histórico podría hacerse de las obras completas de Tario. Lo que estaba más a la mano era Una violeta de más en la edición de Joaquín Mortiz, que demoró alrededor de veinte años en agotarse y hoy es una presa muy cotizada en las librerías de viejo; en ese tomo la información de la contraportada contenía lo poco que podía saberse del personaje: “Su biografía no se asemeja mucho a un currículum vitae académico: persistente viajero mientras subsistió el prestigio de los trasatlánticos y los expresos, futbolista profesional, pianista disciplinado, místico del naturismo, aprendiz de astrónomo y explorador de fantasmas”.
Reforzaba esa imagen extraña el retrato de un hombre calvo y serio de lentes oscuros, con una esclava de oro gruesa, fumando un cigarrillo.
Tario era un nombre arrojado al vacío. Conocerlo implicaba reinventarlo. Sus viejos libros aparecían aquí y allá en la ciudad, pero eran eso: apariciones. Suele creerse que los trabajos literarios de mérito son aquellos que consiguen permanecer en la memoria colectiva; el de Tario era un orbe secreto cuyas piezas estaban dispersas y sólo unos pocos se animaban a recoger, un modelo para armar.
Como Tario, uno de los asistentes al taller también parecía convivir con los fantasmas. Un día nos leyó un texto alucinado de una visita a un cementerio en donde presenciaba una gran fiesta de medianoche entre cadáveres. Sólo que pasadas unas semanas, luego de mostrar otros relatos similares, preguntó al coordinador:
—Oiga, maestro, ¿también se puede escribir de cosas que no hayan ocurrido, que no sean reales?
Consideraba que lo que había llevado hasta entonces era cierto, en verdad vivía en ese mundo en donde los muertos despertaban al sonar las doce campanadas para bailar y divertirse. Y habrá escuchado los cuentos de Tario como narraciones naturalistas, sin valor alguno para él que sobrevolaba esos ámbitos.

***

Unos años después de ese primer encuentro con la obra de Tario, planeamos Daniel González Dueñas y yo un libro de conversaciones en torno a algunos escritores secretos; primordialmente, se trataba de acercarse a quienes hubieran tenido trato con ellos. Daniel propuso a Efrén Hernández y Antonio Porchia; yo a Felisberto Hernández y Francisco Tario.
En cuanto a Efrén, Daniel había conocido por esos años al poeta Marco Antonio Millán, que dirigió la revista América, codirigida un tiempo con Hernández, y quien era el mejor artífice de un retrato hablado del autor de La paloma, el sótano y la torre y Cerrazón sobre Nicomaco. Para hablar de Antonio Porchia nos acercamos al argentino Roberto Juarroz, de visita en la Ciudad de México para participar en un encuentro de poetas; la mención de Porchia, en un diálogo ocurrido en medio de la multitud, entre el ir y venir de escritores y reporteros, nos aisló en una de las esquinas de un looby por casi dos horas, como si lo demás se hubiera desvanecido, y precipitó una generosa cascada de recuerdos.
Respecto a Felisberto, tenía yo el dato de Enrique Fierro, profesor de literatura en Acatlán, quien nos remitió con Ida Vitale. Regalé a ambos un ejemplar de La noche; y encontraron una comunión secreta, de temperamentos e intuiciones, entre Felisberto Hernández y Francisco Tario. Ambos fueron pianistas, por cierto; e interesados en esa franja de la realidad en la que los objetos adquieren alma y los sujetos se funden con lo inerte. En su prólogo a la traducción italiana de Nadie encendía las lámparas, Italo Calvino dijo de Felisberto que era un escritor que no se parecía a nadie… pero se parece, sí, a Tario.
La última pieza de ese libro planeado era, precisamente, Francisco Tario. ¿Quién lo había tratado?, ¿a quién buscar? La primera opción fue el crítico e historiador José Luis Martínez, que lo frecuentó en los años cuarenta al publicar Tario sus primeros libros, y lo seguiría críticamente en el trayecto hasta el final, cuando anunció en la revista Vuelta su fallecimiento. Nos recibió en su estudio y conversamos alrededor de una mesa de caoba recién pulida (con la advertencia de casi no tocarla), en una plática que no configuró aún el perfil que intentábamos porque hizo aparecer episodios que se podían ampliar (como la relación de Tario con Llanes, el pueblo español de sus ancestros) y nuevos figurantes, en especial quienes asistían a las tertulias en la calle de Etla (en donde se improvisaban puestas teatrales o radioteatros de consumo casero, algunos de los cuales fueron grabados en acetatos), entre ellos la actriz Rosenda Monteros.
El cartel se fue ampliando: luego de conversar con José Luis Martínez buscamos a Rosenda Monteros, y acaso ésta nos encaminó a la colonia Nápoles, en donde vivía el pintor Antonio Peláez, hermano de Tario. Fuimos invitados a una cena a la que asistieron, entre otros, Sergio Peláez Farell, hijo mayor del escritor, y Esther Seligson.
Fluyeron las anécdotas: la infancia entre la Ciudad de México y Llanes, el futbol como pasión juvenil, Chopin y el piano, el encuentro con Carmen Farell, el descubrimiento de Acapulco, el exilio madrileño, la viudez y el abandono. Más el desarrollo paralelo de una escritura singular.
Con ese elenco sorprendente González Dueñas y yo armamos un “retrato a voces”, aparecido entonces en la revista Casa del Tiempo y que se publicaría luego en el libro Aperturas sobre el extrañamiento (1993), mosaico de testimonios al que agregamos recientemente la voz de Julio Peláez Farell, hijo menor de Tario, entonces en España. Incluyo la versión final de ese texto (aumentado y corregido) en la tercera parte de este libro.
También supimos, en esa cena en la calle Nebraska, que Tario había concluido en sus últimos años de vida una novela y tres obras de teatro.
Este movimiento en busca del personaje despertó al fin un interés más general en Francisco Tario (por parte del Instituto Nacional de Bellas Artes y la Universidad Autónoma Metropolitana) y generó varias ediciones: la antología Entre tus dedos helados (1988, selección de AT y prólogo de Esther Seligson), el volumen El caballo asesinado y otras piezas teatrales (1988), una reedición de circulación limitada de Equinoccio (1989, con prólogo de Salvador Espejo Solís) y Jardín secreto (1993), la novela perdida.

***

No es fácil olvidar a Francisco Tario, aunque uno pretenda hacerlo. Me convertí en cronista deportivo, empecé a frecuentar gimnasios y arenas, campos de entrenamiento y estadios. Por inverosímil que parezca, en esos territorios reencontré a Sergio Peláez Farell, directivo del Club de Futbol Toluca. Era un espacio no del todo ajeno a la familia ya que, como se sabe, Tario había sido portero del Club Asturias; era tal su afición que en Europa había llevado a Carmen y a sus hijos a algunos encuentros mundialistas. Sergio me informó que su hermano Julio se estaba instalando en la Ciudad de México, y me dio sus señas para que lo buscara.
En la mudanza éste cargó con una cómoda antigua, de frente barroco y laterales coloniales, adquirida por su padre en el remate del mobiliario de una iglesia. En los años cincuenta ese mueble emprendió el viaje de la familia Peláez-Farell a España; fue heredado por Julio, quien lo conservó en Madrid y en los años noventa lo trajo de regreso a México. Ahí se aloja aún el archivo del escritor, de ahí habían brotado las obras de teatro y la novela inédita; y en lo que parecía un último hallazgo apareció ahí el cuento infantil “Jacinto Merengue”, incorporado en el 2002 a una edición desafortunadamente incompleta de sus Cuentos completos.
Había más: álbumes fotográficos, los acetatos grabados por Tario en sus noches de ocio y fiesta, dibujos eróticos, recortes periodísticos de comentarios sobre la obra, cartas y originales mecanográficos que podían esconder algunos inéditos. Para lograr el paisaje completo debía uno sumergirse en ese mueble; y para hacerlo había que tener paciencia. Julio venía de una trasatlántica separación conyugal; tardaría años en serenarse para permitir un examen sosegado de la vieja cómoda. En la misma Ciudad de México se sometió a dos o tres mudanzas, por lo que le perdí la pista.
Nos despistamos ambos. Dos mudanzas mías más tarde, y otras tantas suyas, nos reencontramos como vecinos. Y fue el momento de hurgar en los archivos del escritor, un trabajo que ha sido a largo plazo porque la cómoda es amplia y caprichosa.
Con fotografías contenidas en ese viejo mueble se montó en noviembre de 2011, con motivo del centenario del nacimiento del escritor, una exposición en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia (que en el 2013 encalló en Acapulco). Y estaban ahí los 17 discos de gramófono, en donde se escucha a Francisco Tario al piano y de los que surgen también voces como las del poeta Octavio Paz y la narradora Elena Garro (que eran sus vecinos), o adaptaciones de obras clásicas de terror como Drácula, radioteatros que se grababan en la casa de la calle de Etla como parte de la tertulia. Esos discos fueron donados a la Fonoteca Nacional, que digitalizó ya las grabaciones.
En cuanto al material literario, aparecieron primero dos relatos que Tario publicó en el suplemento México en la Cultura del diario Novedades: uno es “Jud, el mediocre” (14 de octubre de 1951) y el otro “Septiembre” (20 de abril de 1952), no considerados en Tapioca Inn: mansión para fantasmas (1952) y que Tario olvidó en la confección de Una violeta de más (1968).
Con esos y otros hallazgos armé en 2013 un volumen de textos recuperados, que incluyó los siguientes inéditos: “La desconocida del mar”, “Contraluz”, “Dos guantes negros” y “Diario de un guardameta”. Agréguese al material aparecido una partitura para piano (“Fantasía del amor”), no terminada y, según la pianista Silvia Navarrete, de casi imposible ejecución.
Uno de los propósitos paralelos de este libro, cuaderno de lectura de una escritura aún móvil, fue agotar el examen de los archivos y preparar el terreno para sus obras completas. En la exploración han aparecido las cartas de Antonio Peláez a su hermano, que cifran una época (años cincuenta y sesenta); por desgracia, aún no encuentro las cartas de Tario a Toño, con las que el diálogo epistolar estaría completo. Y, sobre todo, hay un gran tesoro: las cartas de Tario a Carmen Farell, su “mágico fantasma”, que también transcribo en este libro, concentración de muchas cosas. Esos textos tempranos, que van de 1930 a 1935, por la constancia en su ejercicio son una suerte de escuela de escritura para Tario, y fuente primaria para conocerlo en esa etapa juvenil.

***

Como referí al principio de estas notas, conocí casualmente la obra de Francisco Tario a comienzos de los ochenta y tres décadas más tarde descubro que el personaje y su escritura no me han abandonado todo este tiempo.
En algunas regiones de México hay la creencia de que el muerto se sube a la espalda del vivo y queda pegado a él, como una carga, hasta que alguna “limpia” logra expulsarlo. Yo tengo al fantasma de Francisco Tario alojado en mi casa; lo escucho a ratos tocar al piano algunas piezas de Chopin, oigo su voz en los fragmentos que han quedado de su adaptación de Drácula, lo veo andar por la playa en la recuperación de una cinta de 16 mm. filmada en la isla de La Roqueta en 1952… Como un espectro disciplinado, Tario ha seguido escribiendo y a cada tanto me entrega sus textos para que los pase a la computadora; también, para que decida si vale o no la pena incorporarlos al cuerpo de sus escritos. Lo que busca, supongo, es cerrar la obra y despedirse, proceso que nos ha llevado algunos años. El fantasma impone sus reglas; y sólo resta acompañarlo en esa labor.

Noviembre 2014

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